Michelle en el País de las Maravillas Julio 24, 2007
Posted by noelfontanes in Opinión, Politica.add a comment
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Mientras remontaba la tarde dorada, Michelle, el hombrecillo del sombrero y el conejo de la suerte decidieron juntarse para tomar el té. El hombrecillo del sombrero sacó su monedero y comenzó a contar los maravedices, el conejo de la suerte consultaba constantemente su reloj despertador diciendo: !El tiempoo es corto! Súbitamente Michelle comenzó a empequeñecer hasta quedar del tamaño de un ratón. El hombrecillo del sombrero se asustó mucho y aclaró que no era que Michelle hubiera perdido tamaño, sino que la casa se había agrandado.
El conejo de la suerte advirtió que la pérfida Reina de Corazones iba a provocar a los flamencos diciéndoles que una casa tan grande era un despilfarro. El hombrecillo del sombrero propuso darles un dólar de aumento a todos los flamencos trabajadores para dejarlos tranquilos, pero finalmente decidieron otorgar un dolar con treinta centavos pagado en dos meses, claro que sólo a los más pobres. Salieron presurosos a darle la buena nueva a los flamencos. Pero el conejo de la suerte volvió para advertir a Michelle que su situación se debía a la traición del gato de Cheshire. Para su sorpresa, Michelle comenzó a crecer, pronto la casa le quedó pequeña, sus piés salieron por la puerta y sus brazos por las ventanas. El hombrecillo del sombrero loco dedujo que todo se debía a que la casa había empequeñecido. Decidió desentenderse del problerma y partio llevándose la taza de té y la tetera. Los flamencos fueron convencidos por la Reina de Corazones para trabajar como palos de golf. Así sus patas largas servían perfectamente para hacer los birdies y sus duras cabezas le daban firmeza, a los jugadores, en el green. Esta actividad fue vista, por los socios, como muy democrática, al fin los flamencos podrían entrar a los más empingorotados Country Clubs.
Michelle comprendió entonces que lo mejor era navegar por el río junto a Lewis Carrol dedicándose a la salud, la educación y el bienestar de los flamencos que a estas fechas habían perdido gran parte de sus plumas, corroidas por las pestilencias de los padres del País de las Maravillas.